domingo, abril 09, 2006

La escritura

¿Qué tal? ¿Cómo les va? Encontré un par de cosas y quería comentárselas. Ahí van. Ya:

“En cierta forma, la responsabilidad de la escritura, de lo que llamamos creación en general, se vive como algo hueco, proveniente de un vacío —una especie de kenos de la escritura—, de tal forma que, en el fondo, lo que habría que decir no existiría antes del acto de decir; porque si el contenido de lo que estuviera por decirse fuera previo, no habría, por un lado, responsabilidad qué asumir, no habría riesgo, y, por otro, veríamos reconstituirse al mismo tiempo la dicotomía y la jerarquía entre el autor, el texto y la escena. El autor domina, sabe lo que quiere decir y lo dicta: se dicta a sí mismo y por lo tanto escribe bajo el dictado y la autoridad del autor que sabe lo que quiere decir.”

Esto lo dice Jacques en una lúcida entrevista que le hicieron en relación a Artaud. Dice muy clarito algo que ya sabíamos: el texto en tanto tal no existe antes de que su concreción esté plasmada sobre el papel. Forzar la cabecita pretendiendo que sobre el cuaderno Gloria quede escrito algo que represente la construcción eidética con la que el sujeto deseante de escritura propia se regodea mentalmente, no es un buen camino para encarar la literatura. No lo es porque siempre va a quedar otra cosa. Y es muy probable que esa otra cosa, al haber sido construida aguantando la respiración hasta llegar a la cima de la montaña, deje translucir los remaches de ese artificio por encima de la voluntad del autor de expresar alguna idea. El autor es borrado en el lugar que más le duele, donde falla, donde no es conciente de que está mostrando los piolines. Se nota el deseo del autor, se nota su fracaso y se nota la prescindibilidad de la escena que narra (podría ser alguna otra situación en la que los elementos se concatenasen de tal manera que la idea madre del texto quede representada). Los textos de esas factorías suelen destilar esfuerzo, pretensión racionalista de control, y un uso de la literatura al servicio de alguna idea, que en general tiene que ver con lo que la escritura tiene que ser. Planos superpuestos de un experimento fallido desde la concepción. La razón, me parece, es parte de la escritura. No se trata de abogar por la escritura automática.

“Que la publicación pueda anteponerse a la escritura vendría a tener entonces, también en Aira, una forma de concreción real. Y sin embargo, difícilmente convenga encuadrar las novelas de Aira (en ninguna de sus variantes: ni las novelas ni las novelitas, ni las primeras ni las últimas, ni las largas ni las cortas, ni las buenas ni las malas) en la tendencia autocomplaciente de lo poco escrito. La escritura de Aira no queda o no debería quedar subvaluada; su impronta no es la de la reproducción, sino la de la sobreproducción. Aira publica mucho porque escribe mucho, y sus textos publicados adoptan la condición de lo muy escrito (es cosa suya si le sale de una vez o si es verdad que no precisa corregir: lo que sus textos dejan ver no es del orden de lo que se escribe con descuido). En Aira no podría decirse, como de los textos armados o redactados, que la escritura es lo de menos. Aira sobreproduce libros porque sobreproduce escritura; difícilmente la heterodoxia de su proyecto literario pueda sostenerse sin la desmesura cuantitativa de la publicación, pero de una compulsión a publicar que no anula, sino que presupone, la compulsión a escribir. Si la escritura es “mala”, o si ambiciona ser “mala”, lo es en un sentido muy preciso, que en nada se parece a los textos subescritos donde el descuido es verdadero, ni mucho menos a la medianía de la redacción literaria (a la que, en tanto mera ejecución de fórmulas, correspondería medir como correcta o incorrecta, y no como buena o mala, mientras que en Aira sólo cabe lo bueno y lo malo).”

(Kohan, Martín, Más acá del bien y del mal. La novela hoy. Punto de Vista Nº 83, Dic. 2005, Buenos Aires, pag. 10-11)

¿Qué hacemos con esto? ¿Tengo que ser yo el que diga que Aira tiene algunos tantos confundidos? La escritura es siempre única y se autovalida (o no) ahí mismo. ¿Qué tribunal puede erigirse para juzgar un texto que ya se dice de una manera? La contemplación para la mala escritura -habría que ver qué es mala escritura -no pasa (porque de hecho esta tolerancia/intolerancia se da en el fuero íntimo de cada lector, mucho más acá de lo que las ponencias y las mesas redondas e incluso las charlas entre amigos sean capaces de registrar) de una segunda lectura en honor al respecto que se le tiene a la literatura, al experimentalismo textual como fuente de renovación permanente y también al esfuerzo de una persona que se tomó un trabajo gratuito al lanzarse a escribir algo que, para que lograse la concreción de llegar a las manos del lector tuvo necesariamente que haber pasado peripecias de las más diversas. Entonces, intentar salvar páginas de escritura "mala" porque el mismo autor firmó otros tomos que contienen escritura "buena" es un material que puede ser interesante para algún psico curioso en las obsesiones de un señor con esposa, hijos y carrera profesional; también puede ser interesante para algún futuro historiador de las ideas, ¿pero para los lectores?
Kohan defiende a Aira, por más que le busque la vuelta para evitar la exterioridad a la textualidad, interpretando el proyecto airano como en última instancia sí racional, y por ende en última instancia bien escrito, una bella escritura que escondería sus encantos por debajo de la apariencia incial, en una especie de totalidad contenedora de lo bueno y de lo malo en su seno. El consejo del crítico a los lectores sería que no dejemos llevar nuestro juicio por esos fragmentos mal escritos, que sí, calma chicos, están mal escritos pero no se atolondren que el "proyecto Aira" es mayúsculo y aunque no lo veamos el sol siempre está... Aira tiene un proyecto, quedémonos tranquilos.

13 comentarios:

la enmascarada dijo...

En cierta manera el "proyecto Aira" puede verse como una ironía. Si en el sistema "lo importante es producir", el tipo tira uno o dos libros nuevos por año, para figurar en el estante de Novedades. También el hecho de que se trate de short-stories, porque el lector no tiene mucho tiempo para perder...

xenia dijo...

El concepto de "proyecto Aira" trasluce sin quererlo cierta idea de "proyecto económico" argentino: la producción de literatura como "el cultivo laborioso de una parcela de talento" (Marechal, refiriéndose con sutil despecho a Borges, entrevistado no me acuerdo en dónde) fue sustituida por la idea derrideana de la escritura como un flujo en emisión continua, al modo de la extracción de recursos naturales. Se trata de "sacar mucho" en términos cuantitativos. La medición de la calidad no es tan importante. Lo que importa es la cotización por centímetro cúbico en el mercado: la idea liberal del valor determinado por el mercado. O por la academia, en este caso. Parece no importar tanto QUÉ o SOBRE QUÉ escribe Aira, sino CUÁNTO.
Esto dicho independientemente de que Aira sea buen o mal escritor.

Diego dijo...

Enmascarada,

Si Aira juega a forzar cierta "regla" que se da entre arte y mercado, festejárselo ("proyecto Aira") es festejar algo que está afuera de la literatura. Una idea. La literatura pasa a ser un medio para...

Xenia,

Lo que intenté plantear en éste post fue justamente que Derrida no habilita lo que sería el "proyecto Aira". Noto, al contrario, cierto hegelianismo en donde, como también dice Kohan en esa nota que salió en Punto de Vista, "Aira escribe mal porque también escribe bien".

Saludos

balvanera dijo...

El texto de Kohan no está referido centralmente a Aira, sino a una literatura (y lamento que no mencione títulos ni autores) que se produce a la medida de lo que pide una industria editorial que a su vez se concibe como pura fabricación de cierto tipo de productos –libros– que deben venderse en la mayor cantidad posible y en el menor tiempo posible, para lo cual es conveniente que la escritura de los textos se atenga a una serie de pautas que los vuelva aptos para ese tipo de circulación. En ese sentido, dice, medio irónicamente, Kohan, se cumple la consigna de Osvaldo Lambroghini, “publicar antes de escribir”. Es decir, la escritura se subordina a la publicación, la escritura no cuenta. Y ahí intenta Kohan mostrar la diferencia de Aira (y de otros) con ese tipo de producción textual. Lo recuerdo para apuntar lo siguiente, que ya es pura ocurrencia mía: Aira, sin embargo, también escribiría para el mercado, por más que sea un mercado más chico y más “selecto”. Mi idea (es apenas un principio de idea) es que un modo posible de entender el proyecto Aira (incluyendo en el proyecto a lo que escribe y dice Aira tanto como a las exégesis y sistemas de justificaciones de la crítica aireana o airista, y quizá a la airada, pero no a la aireada) es verla como producción para cierto mercado, a la medida de un mercado, con la gran diferencia de que no es un mercado de gente que se interese en leer textos, sino de gente que se interesa en leer proyectos. Así como están los que beben vino porque les place y los que beben vino para ejercer su destreza de catadores de aromas, consistencias y procedencias de las cepas.
En cuanto a lo de Derrida: lo comparto cien por cien, pero cuidado, cuidado, porque hasta las mejores ideas tomadas con torpeza o mala intención pueden producir resultados lastimosos. Acá, en los ambientes literarios de este país, la idea de que “no hay nada que decir” antes de la escritura ha servido y sirve para legitimar chantadas e imposturas de todo tipo, por ejemplo todas las crías de Aira. Es cierto que hasta que está escrito “lo que hay que decir” no existe, y es más cierto aun que sometido al proceso de escritura eso “que hay que decir” se convierte siempre en otra cosa, e incluso es “otra cosa” en los raros casos en que el escritor consigue decir exactamente lo que pretendía, ya que la lectura lo convierte en otra cosa. Todo eso es cierto, pero cuando uno tiene cierto tiempo de experiencia en la escritura –sobre todo, pero no únicamente, en la de literatura– sabe bien que no es lo mismo escribir “por escribir” que hacerlo “iluminado” por algo así como una intuición o una necesidad, o una imagen o una fuerza, un “algo que decir”. Después va a salir cualquier cosa, pero el acto de escritura necesita de ese impulso, de esa búsqueda utópica. Lo otro es producir, cumplir una función, y casi nunca muy bien, por otra parte.

SL dijo...

En una época, leía para Emecé (leer para, otra cuestión) y solía leer best-sellers prefabricados norteamericanos que Aira después traducía. En esa época, también (y sin haber conocido personalmente, por cierto, jamás a Aira) frecuentaba su literatura: es notable cómo Aira parodia (pero no en el sentido burlesco) esos textos, con gran inteligencia a mi juicio, porque de alguna manera está señalando y anticipando eso que ahora dice Daniel: en su tesis (en la tesis de Aira) no se puede sino escribir para el mercado, en algún punto.

Diego dijo...

Lo que a mí se me ocurre ahora que han nombrado al mercado es que acá (en gran parte de la literatura argentina) hay una confusión mezclada con una dosis abundante de paranoia. El mercado. ¿Qué pasa? ¿El individuo que compara una novela en una libreria ya está sometido a ciertas reglas por el mero hecho de que pagó por algo que la industria (industriiita) editorial "fabricó"? ¿Qué es el mercado para Aira así como para tantos otros que escriben con ese significante en la cabeza?
Hay tradiciones muy mal deglutidas, atragantadas, diría mejor, en la literatura argentina.

Saludos

balvanera dijo...

Que hay confusión y paranoia, claro que sí, Diego, y el que esté libre que tire el primer cascote. Pero, al menos como lo venía pensando cuando introduje acá esa palabra, "mercado", me parece que la cosa no pasa por el tipo que compra un libro sino por el tipo que escribe y por el tipo que escribe sobre lo que se escribe. El mercado instalado en sus cabezas y en su producción. Voy a decirlo a lo bestia: ¿producimos literatura o bazofia? O alguna otra cosa, que puede no estar mal pero que no nos quieran hacer creer que es literatura. "Y qué es literatura", dirás. That's the question, y ahí podemos empantanarnos hasta el infinito. Una punta en ese sentido tal vez podamos encontrarla en lo que citás de Derrida. O en un jueguito de palabras, que me gusta citar, de Pasolini: "la poesía no es consumo porque no se consume".

xenia dijo...

Sigo sin ver en tu post, Diego, en qué la teoría de Derrida deshabilitaría la poética de Aira.

Diego dijo...

Xenia,

Lo que yo entiendo es que Derrida nunca legitimaría "el proyecto" de un escritor. Primero, porque el sujeto no está más. ¿Dónde está ese proyecto? ¿Y si Aira hace 5 minutos en su casa cambió de parecer, o si le agarró Alzeimer ayer, qué hacemos? Una obra, una textualidad, no puede depender de lo que alguien tenga en su cabeza. La literatura se tiene que legitimar en sí misma. No hay margen para esa dialéctica de "la mala escritura" que se compensa con "la buena escritura" en una totalidad que termina siendo favorable. De Aira pueden valer tres libros de los 60 que lleva publicados, pero eso no implica que lo aceptemos a él como gran escritor de una gran obra que incluye 60 novelas apañadas en esa dialéctica. A eso voy. Y creo que Derrida no me deja sólo en éste parecer.

Diego dijo...

Daniel,

No sé, pero se me ocurren pocos lugares hoy en día menos influidos por el mercado que la literatura, y acá incluyo a los afectos, al sexo y al reconocimiento como ubicados en una zona más permeable a los designios de la oferta, de la demanda, del marketing y del fetichismo.
En la literatura argentina el que saca un sueldo mensual por encima de la línea de la pobreza es un privilegiado con años de trayectoria y nos guste más o menos lo que escriba, decenas de cuadernos llenos de letras. Por eso yo hablé de malos entendidos, ¿qué mercado? ¿cómo es que eso que a nadie le da guita termina influyendo en un trabajo como el de ser escritor que es más que azaroso y anti-económico por antonomasia: nunca te dan un título, nunca te recostás sobre tus laureles como un pediatra de barrio, porque nunca hay guita, y si la hay, para los que la hay, aspirar, siendo un adolescente, a llegar a ganar $2000 a los 60 años, que es lo que se llevan un puñado de literatos nacionales, ¡no es negocio! ¿¿¿Qué mercado???
Lo que sí hay, es una ubicuidad de los escritores, y de los intelectuales en general, de sacar pechito anti-sistema, colgándose la chapa de combatientes de esos molinos de vientos... Y la paradoja es que esa chapa se luce en los lugares que hay, en donde reconocimiento simbólico se reparte. Pero claro, es inmaterial, no hay pruebas.

Un abrazo.

la enmascarada dijo...

Diego: para vos entonces Andahazi no es "literatura Argentina"? Más allá de que nos guste o no (yo estoy del lado de los que NO), el tipo (como otros tantos) escribe para el mercado, él mismo lo dijo. Y claro que está bastante por encima de la línea de pobreza, te comento. No coincido con vos en esto de que la literatura no está influenciada por el mercado, de hecho creo que (lamentablemente) el minimo mercado literario es suficiente para delimitar bastante la literatura argentina de ahora.

balvanera dijo...

Diego, creo que si leés con cuidado el trabajo de Kohan y mi comment (a pesar de mis desacuerdos con Kohan), ahí vas a ver la respuesta a lo que planteás. Se lea o no se lea, se venda o no se venda, hay gente que escribe pensando en entrar en esa circulación como si realmente se leyera y, sobre todo, se vendiera. Una literatura que nace muerta, o en todo caso castrada, autolimitada. No sé si en ellos en quienes está pensando Kohan, pero basta ver varios de los libros ganadores de premios en los últimos años (Clarín, Planeta). Y en ese sentido, sí, tenés razón: se trata de un tremendo malentendido, y además grotesco, porque, efectivamente, “eso que a nadie le da guita (aunque Andahazi saca alguna guita) termina influyendo en un trabajo como el de ser escritor que es más que azaroso y anti-económico por antonomasia”, y porque, efectivamente, “aspirar, siendo un adolescente, a llegar a ganar $2000 a los 60 años, no es negocio”. Pero lo hacen.
Ahora bien, lo que intenté sugerir con mis especulaciones sobre Aira es que buena parte de lo que se escribe “contra el mercado” de ninguna manera está libre de las taras de la literatura que sueña con ser consumida como un producto más, aunque el peso de un cierto marketing se haga sentir de otra manera, como el retorno de lo reprimido tal vez. Con otra apariencia y otros modales, apuntando a otra franja de consumidores, la escritura vuelve a subordinarse a la necesidad de mantener como sea agarrado a un público, más que a desplegar o explorar sus posibilidades. ¿Aira no despliega o explora? Sí, pero al hacerlo me da siempre la impresión de que lo hace para que vean qué bien lo lleva a cabo, con cuánta suficiencia y desapego. El trabajo con las posibilidades pasa a ser un medio para sostener su figura de escritor, que es lo que realmente vende y lo que realmente se interesa en consumir el mercadito aireano. Con lo de Quintín no me meto, me sobrepasa.

Diego dijo...

Gentes,

Acá lo que hay es un problema conceptual. Mercado, me parece, no está significando lo mismo para nosotros tres. Mientras que para la Enmascarada el mercado es aquel sitial que tiene a Andahazi en el podio, o sea, el mercado que se traduce en pesos, por lo que habría un mercado literario (el que da dinero) como también hay un mercado de la soja, uno de los automóviles, etc. Mientras que me parece que Daniel entiende al mercado como algo más amplio, un espacio en donde el reconocimiento y los aplausos son la moneda de cambio. Son dos cosas diferentes las ustedes están señalando usando la misma palabra. Al mercado al que se refiere la Enmascarada lo descarté por obsceno. Puan y todas las personas que valoramos en la literatura argentina saben que ese podio no es el que vale así como un somelier sabe que el vino en caja de cartón no es bueno, a la legua... Realmente no creo que ser Andahazi sea la obsesión de loe escritores. Hay formas más fáciles y menos contradictorias con el propio deseo de escribir, desde el punto cero de la adolescencia, de tener un auto y una casa, si ese es el punto. Entonces, lo que quedaría es el mercado al que se refiere Daniel, ese constituido por gente que sabe que su próxima novela va a conocer las librerías de la calle Corrientes y las de algunas capitales de provincia también. Ese en el que entran desde Abelardo Castillo hasta Aira pasando por Viñas y Sábato. Pues, en ese mercado circula la literatura que más nos gusta, Argentina o extranjera. Y ese mercado es el que para mí no se rige por las reglas del mercado tal como lo entiende la Enmascarada, que son las reglas del mercado a secas. Entonces, el mercado de Daniel estaría movido más por influencias y por sociabilidades varios que me parecen que hacen al arte y hasta a la vida en sociedad. Un día los Beattles se dejaron el pelo largo y ya vimos lo que pasó, qué se yo. Evitar caer en la maquinación de lo propio es siempre algo a lo que hay que estar alerta, aunque sabemos que es un riesgo tan difícil de evitar como imperceptible para cualquiera.
Este tema daría para mucho más; nos tendríamos que meter con la psicología interior y con las necesidades de generar escritura que tienen los escritores. Ya nos meteríamos en unas honduras para las cuales la palabra mercado, me parece, queda chica.

Un abrazo