domingo, diciembre 30, 2007

Lector pasivo

A veces lo que quiero es estar en mi casa con mis libros y que nadie me rompa las pelotas, que es igual a decir que nadie me demande. Ni siquiera yo mismo. Esto suena a torre de marfil, suena mal. Bien.
Hace unos meses que estoy tomando unas pastillas que me pegan mal. ¿Lo van a creer o no hay afuera de la ficción y los blogs están sometidos a ese régimen? Así es como me divierto. Barato, ¿no?
"Es registrar tu propio lenguaje. Eso es salirse del personaje, no seguir a nadie, no dejarte gobernar por tu educación, ni por tu casta, ni por tu clase, ni por tu manada. Mi causa es empezar a ser personas y no personajes. Mirá que paradoja"

Pero Peña es ingenuo: Mucho talento pero le falta teoría. Por eso su angustia toma esa forma, a la que necesita trasformar en cuerpo desnudo, la representación de su ser auténtico:
“Tienen que entender que hay un Peña detrás de todo el show y que soy un tipo serio, no soy una criatura, ni un personaje de caricatura. Y a veces me pasa que quiero hablar de cosas simples y honestas y serias y sencillas y comunes y silvestres, y ahí es donde noto una falta de convocatoria total que me está destruyendo. Para mí sería muy fácil hacer nada más que los personajes y te hago el programa que más mide de la Argentina. Pero yo no estaría feliz. Yo quiero un programa con contenido, que se hable de algo. ¡En el fondo tengo una Luisa Delfino!”

Le falta teoría teoría para entender y para poder vivir tranquilo con su elenco multifacético incorporado, que ocupa espacios -con mayor o menor adaptación al medio; no más por la tapa del libro que publicó sobre sus años en American Airlains, el producto es desacertado. La radio es un guante a su medida. En televisión, en ese programa de entrevistas por ejemplo, quiere ser auténtico y termina siendo una mezcla de Mirtha Legrand y Macu Mazzuca- con una ansiedad voraz. Tiene a Luisa Delfino en el fondo, está atrapado por las máscaras.

"Le he preguntado si cree que aluden a la libertad política o a la individual del designio personal.
Misma cosa, jefe, dijo él; libertad es que uno sea responsable; ser propio de sus palabras.
Se está perfeccionando, Yonder, obervé."
(Cohen, Marcelo, Donde yo no estaba, Norma, Buenos Aires, 2006, pag. 377)

Yonder es una suerte de filósofo de la calle en la larga novela de Cohen; una especie de Carlos Tomatis, que dice cosas que al autor le surcan la mente pero que no se atrevería a firmar con su nombre y por eso las mete en la estructura de la ficción. Suelen sonar bien esos pensamientos, seducen.

Cohen es un hombre culto, tiene mucha teoría encima. Su problema comienza porque conoce que existe otra cosa que no puede ser absorbida por el lenguaje preciso, inteligente, capaz de evocaciones genealógicas.
La calle. Por donde no andan los flaycoches. Porque vuelan, tal lo indica la palabra. Autos que vuelan, que llegan a escribirse remitiendo al estado del mundo. Flay es la palabra inglesa fly (volar) que de tanto ser pronunciada en español del futuro distópico de la literatura de Cohen terminó escribiéndose tal como suena en la lengua en la que éste escritor escribe. Como en la mayoría de los casos, coincide con la lengua del país que lo vio nacer. Coche es argentino, no sé si se les llama coches a los automóviles en otros países. Coloquial y en progresivo desuso la palabra es mantenida atada a la tecnología en la obra de Marcelo Cohen. ¿Se saltean al presente en el que Cohen escribe, los flaycoches? Suena mal ese neologismo, suena feo. La reminiscencia a la teoría del desarrollo desigual y a cosas por el estilo pierde el estilo depurado y fluido que avanza como una mancha de petróleo copando todo sin saber adónde va cuando lo que Cohen hace es inventar palabras. Las cosas se le ponen hoscas.


También él, como Peña, habita en la incompatibilidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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