lunes, agosto 01, 2011

No me puedo dormir

 
“La señora Lessing es una novelista política, una novelista de ideas. Las ideas son un tema serio, como la política. Pero hay formas de escribir seriamente, y maneras ficcionales de explorar ideas, que evitan la exageración, que conservan la fuerza de la forma de la novela sin que el lector se sienta aleccionado. Otra vez, la sensación es que la ficción está siendo usada como un mecanismo para generar polémica.”
Perfecto, el párrafo que acá arriba figura parece ser que lo escribió una escritora egipcia que hace años está radicada en Inglaterra y luciéndose dentro de la literatura de ese país, habiéndose olvidado totalmente de su origen norteafricano.
A mí me llega ese extracto gracias a que Luciana De Mello, en su columna del suplemento Radar Libros lo pone para ejemplificar cómo lee la literatura esa autora a la cual este domingo ella se predispuso a despedazar.
Bien. Ahora veamos la primera patada al hígado de Luciana a Penelope Lively, la ideóloga del primer párrafo extraído: El tema es el engranaje señalado como “novelista política, novelista de ideas”. Como todo texto es político, como no puede existir la “novela neutra”, –Luciana se apoya en esta concepción de la literatura- queda habilitada la razón instrumental para demarcar el sentido de la escritura de ficción, o sea, en otras palabras, la prosa que vale es aquella que dentro de un estilo esmerado hace aparecer a unos personajes cuyo fin será actuar aquello que el escritor piense respecto de algunas de las diversas cuestiones que atañen a la humanidad. Entonces, se deduce de este campo de operaciones que el mérito se lo llevaran aquellos escritores que acierten con sus piruetas en el afán de asombrar a los lectores que, sentados en las butacas del circo, tengan en su mirada la serenidad para establecer una empatía con las ideas que por debajo de las formas se van develando a lo largo de la obra.
Pero la crítica es otra cosa. No puede salir del texto si lo que quiere es dejar afuera del panteón de los elegidos a algo que pretendió tocar a su puerta. De ahí que, Para Luciana, la malformación de Consecuencias se la lea en:
 “El principal problema de la novela: Que no haya secreto. Y la novela familiar por definición se origina alrededor de un secreto, que claramente no necesita ser dicho, ni siquiera insinuado, pero que debería estar latente en alguna parte, en algún resquicio.”
La forma de la novela ya está catalogada de antemano. Si hay familia y no hay secreto, está bochada. Hay novela de familia si aparecen padres, hijos y nietos que cuentan sus vidas. Ahí dentro tiene qu estar el secreto, tiene que haber algo oculto sino no pasa nada, nada importante, la novela es mala.
Según De Mello no hay conflicto en una literatura que pretende en su literalidad se lee el deseo demostrar todo lo que  a la conciencia narrativa va apareciendo y que por eso se da "el lujo" de postular el secreto -la trama- en la superficie de las palabras lisas. No se acepta la libre interpretación del lector. El sentido se exige que esté puesto por el autor. El sentido aparece allí, en la vocación del concepto más que en el orden narrativo. La aspiración de la literatura que le gusta a Luciana son oraciones contorsionadas que aspiran al sentido oculto. Para esta visión del arte el éxito de la obra se realiza si tras el virtuosismo en la escritura, la pretensión del autor consigue ser leída en tanto tal. Habilidosos de las ideas. Relojeros artesanales. Esa concepción de la literatura tiene como fin la empatía política, ideológica, tras el desvelamiento del sentido. Innovación en las formas de la escritura y empatía política, eso es lo que festeja la crítica que postula De Mello. 
Ese juego de esconder para terminar mostrando lo que todos conocemos parece ser el secreto requerido de esta suerte de mímesis ideológica y profesional, trabajada para ligar formas que deforman la expresión corriente con ideas preestablecidas, esas sí, divulgas y urbanas. Ideas que ya están previas al sujeto que escribe, porque de lo contrario no podrían funcionar dentro de la estética que las requiere para el momento de reconocimiento. Y además, ¿qué de novedoso se le va a ocurrir a un escritor de modo racional en su cocina previa extra textual? Por suerte para ellos, la hegemonía crítica que les reclama ideas veladas, no les pide originalidad sino reconocimiento. El vínculo demandado entre autor y lector no es sensorial para con imágenes de cosas que andan por la calle, ese estética ya ha sido descartada.
Me deprimo. No quiero que se valore eso.

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