viernes, noviembre 04, 2011

La misma poronga de siempre

 

Lean esto que se leyó en un congreso en Europa:
Es decir, las características de una vanguardia sin vanguardismo y, lo que es peor, sin visión histórica, sin reflexión acerca de sus condiciones materiales de producción o de la noción de valor en literatura y sin capacidad de generar conocimiento sobre el mundo que nos rodea.
Este muchacho Pron, invitado agradecido a dicho congreso, le pega a toda la literatura contemporánea, a la que divide en dos bandos que serían por un lado los realistas lineales y por el otro los pseudo-vanguardistas, difamadores estos últimos de los nobles intereses que daban sentido a los movimientos de aquellos que realmente justificaron con su irrupción en el mundo del arte el trazado de esa huella originaria, es decir, a las vanguardias históricas. Ese artículo que ahí linkeé expone la dura tesis de que ambas estéticas antes denigradas en el fondo son lo mismo porque las dos terminan cómodos, integrados al mercado literario y de éste modo legitimando al mundo desigual e injusto en el que vivimos. Traidores y mediocres, eso vendrían a ser.
Pero lo que no cambia con esa crítica es el palenque desde el cual se miran las calles por las que se camina. El resultado termina siendo que la literatura en dos brusquedades racionales queda despojada de toda pretensión hermenéutica de la sociedad en la que es producida; ni hablar de que se le ocurra plantear desde el interior de sus recursos cualquier duda trascendental. La literatura no tiene vela en éste entierro salvo que desde su concepción se le adapten “las condiciones materiales de nuestro tiempo” en una jodita dialéctica con lo que “se entiende” que es el arte a partir de Marcel Duchamp.
Categorías cuestionadas a parradas por todos lados, en la indignación de Pron son usadas como la palabra miñoncitos en una panadería. Lo popular también es despachado de antemano debido a que estos muchos seres vivientes que consumen eso son los que legitiman el estado de cosas que no nos gusta:

Que la popularidad sea el criterio determinante de valor en la concepción que estos autores tienen de la literatura es una prueba más de su carácter conservador, entre otras cosas porque la popularidad de un autor resulta del apoyo que recibe su obra por parte de las mayorías; ahora bien, estas mayorías son las que determinan el estado de cosas, de manera que cualquiera que considere que las cosas no están bien (y no se me ocurre quién y con qué argumentos podría afirmar lo contrario), y acepte que no lo están debido a las mayorías, debería escapar de esas mayorías como se escapa de la peste: hasta acabar con la lengua afuera.

Dialéctica berreta: El mundo no me gusta, hay clases sociales, el mercado metafísico tiene la culpa, entonces todo lo que se pueda asociar a él es cómplice. Las personas que nacen, vive y mueren dentro de esa configuración, nada, responsables también. El autor, que debe ser ante todo ético, debe salirse de esa mugre que va carcomiendo al mundo para poder ejercer su rol con dignidad. Pegarle a la lengua en la que se habla, en la que él también habla.
Así se hace otra vida, la del escritor, desde afuera, en la que se escribe en una forma nueva lo que va pasando en ese presente que quedó del otro lado embarrado por su lenguaje pegajoso. Obviamente estando en contacto con la historia.

3 comentarios:

Javier dijo...

muy bueno Diego como venis discutiendo con los Aireanos, seguí

Diego dijo...

gracias, Javi.
¿En todo caso vas a venir a velorio?

Javier dijo...

Lo prometo