viernes, enero 20, 2012

comentarios sobre Sarlo y su crítica al kirchnerismo

¿Sabés lo que pasa, Q? Sarlo mostrada como opositora visceral hace que se derrita su discurso. Es efecto del lugar en el que se la pone: la pura negatividad. Mirá una cosa: ¿Qué diferencia hay entre Sarlo como opositora visceral o un tachero en la misma actitud? La chapa que tiene Sarlo como intelectual, nada más, porque el discurso de la visceralidad sería prácticamente el mismo. El discurso enunciado a viva voz, siempre, tiene pocos matices, carece de tonalidades. Es un discurso plano que se queda con lo primero que salta a la vista, que es siempre lo más fácil de deglutir, y así la situación impugnada queda atosigada en ese vapuleo sin que haya sido mostrado todo el jugo que los intelectuales le pueden sacar. El jugo crítico, que para eso están los intelectuales. Para la oposición al gobierno de Cristina quedarse en las faltas éticas y morales —que son las que aparecen primero a la vista de cualquiera porque son las que enseguida podemos comparar con nuestra ética y nuestra moral— sería pararse en una posición de "678 negativo". Por esa vía pondríamos el discurso de Sarlo dentro del ring al que se subieron todas esas cartas abiertas que ahora salieron y que no presentan nada nuevo, solamente muestran cada uno su afiliación a la moral, la historia y al discurso que viene siendo hegemónico en el campo cultural. Nadie lo transgrede, todos muestran públicamente que son intelectuales y que tienen derecho de llevar esas banderas. Se pelean a ver quién puede llevar esas mismas banderas. Es una lucha de nombres propios, cualitativo y cuantitativo (cuántos y quiénes). Así, en ese plano, no queda otra que discutir dentro de embudos en donde aparecen intrigas irresolubles a ese nivel de discurso en el que las consignas son sagradas y en donde las temáticas que surgen son del calibre de, por ejemplo, si siendo kirchneristas se puede ser igualitarista o no, etc. Se discuten las identidades. Es casi una discusión religiosa. Todos quieren el bien de la Humanidad pero cada uno con su dios; cosas que no se modifican por medio del diálogo. La razón argumentativa no resuelve identidades que no quieren ser resueltas. Fíjense que en esas cartas no se discute el cómo. No se lo discute porque ciertos valores están directamente asimilados a determinados resultados. Ej.: Asignación por hijos para todos, bien, joya, ¿quién se puede oponer a eso así sin más? El tema es profundizar en cómo se consigue a largo plazo. Eso no se discute. Se discute por el quiénes son los más adecuados para llevar a cabo la misión de que todos los chicos coman, después no se avanza más. El cómo no llega a primera fila. Por eso, vuelvo con la ubicación en las afueras del discurso oficial kirchnerista que me gustaría que tuviese Sarlo. Sería una pena dejarla en ese espacio de las cartas y contracartas en el que el diálogo enriquecedor es muy limitado, dedicada a pegar lo más fuerte que se pueda ahí donde el rival muestre sus descuidos más visibles de modo que se generen estridencias que conmuevan a la población.
Eso fue la Alianza de De la Rúa y Chacho. Estaba perfecto que se denunciasen los curros de Menem, pero como la diferencia se marcó sólo en ese plano, el modelo de país siguió siendo el mismo y lo único que cambió fue que asumió una cara seria y amarga en lugar del presidente ordinario, bruto y fiestero que era Menem. Eso mismo es Italia sacando a Berlusconi para poner a un reconocido financista. No sirve, no cambia nada, porque el que asume sólo tiene el compromiso de cambiar de aspecto. Con todo el resto del poder político que le corresponde por el cargo que ha asumido, puede hacer lo que quiera. Nadie le va a demandar al 2° día de haber asumido que modifique aquellas cuestiones que estructuralmente estaban jodiendo al país y que mientras sucedían sólo la mirada aguda de un intelectual puede ir marcado. Incluso, como pasó con De la Rúa, esa cara de aburrido fue usada para tapar las faltas éticas a nivel personal que con Menem habían quedado asociadas al look fiestero. "Dale, ahora que no andamos en Ferrari por la Gral Paz, aprovechemos a currar que nadie se va a dar cuenta".
Por eso es que yo entiendo que el artículo de Sarlo resalta esas cuestiones éticas para armar un discurso en el que las cuestiones de fondo aparezcan por detrás. Sarlo no se queda en la ética de los gobernantes. Esos temas mediáticos los pone en su texto porque ella sabe que está escribiendo para un medio masivo como es La Nación, y que de ese modo, con esas carnadas conseguiría llevar para su molino aquellas aguas que vienen escandalizadas por las formas del kirchnerismo. Sarlo trata de asimilar corrupción (lo que primero choca con las convenciones masivas) con personalismo en la gestión. Pero el personalismo es una forma de dirigir al Estado que no está prohibida en ninguna parte. Cristina se puede sentir más cómoda gobernando al lado de Máximo que de un profesional valorado por las instancias institucionales de la sociedad, como es lógico. Gobernar es una función ejecutiva, igual en ese plano que manejar una pyme. Una tiene que conseguir que baje la pobreza y la otra conseguir ciertos objetivos económicos. Gobernar un país contiene en su centro la actividad política de la sociedad; es una función más amplia en sus conceptos que lograr un balance contable positivo, pero la función del comando es de una institución es equivalente. Entonces, aquí lo que se discute es las potestades que conviene tenga a su cargo. Cristina sabe que a Máximo lo puede llamar un domingo a la noche para que le vaya a tocar el timbre al proveedor para que no se olvide de que el camión tiene que estar el lunes a las siete de la mañana sí o sí en la puerta de su negocio. Esto no lo puede hacer un con un muchacho que tiene un MBA. La tecnificación no es todo, en ninguna esfera de la vida. El uso que se le debe dar/permitir a la técnica dentro del Estado es lo que se discute. El devenir de ese debate nunca está fijado de antemano porque la sociedad y la política no son cosas técnicas de por sí. Las relaciones humanas personalizadas son con las que cubrimos esos huecos que la tecnificación no consigue llenar. La diferencia entre una amante y una prostituta de la cual no sabemos ni su nombre y que sólo tenemos derecho a ciertos usos con su cuerpo durante media hora, es lo mismo que pasa con el ejemplo de la pyme. Lo que queda por discutir es el nivel de profesionalización que debe tener el estado, no quién decora los salones de la Casa Rosada.

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